Máquinas de escribir, oficinas y ciudades

La revolución industrial produjo transformaciones técnicas que volvieron más extensas, más altas y más veloces a las ciudades. Mientras que los rieles de hierro o acero expandían las ciudades o inauguraban nuevos asentamientos, nuevas aleaciones daban lugar a edificios más altos, y los metales permitieron también elaborar mecanismos sofisticados que expandieron las capacidades de las actividades esencialmente urbanas. La ciudad se perfeccionó como lugar donde se produce, almacena e intercambia información entre más y más personas de manera cada vez más rápida. El invento que detonó esta virtud, y quizá contribuyó a la modificación de ciertos patrones urbanos, fue la máquina de escribir.

Máquina de escribir

La sistematización de la impresión llevaba siglos para ese entonces. Por ejemplo, la imprenta china de tipos móviles (primero de arcilla, luego de cerámica y finalmente de madera) data del siglo XI. Sin embargo, la producción de textos originales que no estuvieran pensados para ser distribuidos de manera masiva seguía ocupando técnicas rudimentarias y lentas. Las primeras máquinas de escribir datan del siglo XVIII, pero fue el siglo XIX el que vio la vertiginosa evolución de este aparato hasta volverse más rápido que la mano para escribir. Mientras que el límite teórico (lo más que el cuerpo humano podría dar) es de 60 a 90 palabras escritas a mano por minuto; desde principios del siglo XX se alcanzaron marcas de 200 palabras en inglés por minuto usando máquina de escribir, o de hasta 147 palabras por minuto por período de una hora: mucho más que lo que podría lograrse a mano. De este modo, la productividad en cuanto al registro de información incrementó sensiblemente, volviéndose más rentables.

Curiosamente, este incremento en la capacidad y rentabilidad de trabajar la información fue paralelo al desarrollo de los espacios donde se procesa, almacena y facilita la toma de decisiones en las ciudades: las oficinas. Como las máquinas de escribir, los primeros edificios de oficinas (la vieja oficina del Almirantazgo y la sede de la Compañía Británica de las Indias Orientales) aparecieron en el siglo XVIII en Inglaterra. Desde siempre, algunas oficinas adoptaron estrategias de control del personal semejantes a las fábricas o prisiones. Un testimonio de quien laboró en las oficinas de dicha compañía británica (transcribiendo a mano) califica su jubilación como haber salido de la Bastilla; en su oficina se revisaba cada quince minutos que los empleados continuaran trabajando.

La popularización de la máquina de escribir volvió al oficinista más eficiente pues escribía en tiempos y espacios físicos menores. Ahora podía ser apilado en rascacielos con más trabajadores, más empresas y, por tanto, rodeado de más información. La eficiencia aumentó con la computadora personal, con más funciones y almacenamiento de archivos virtuales. En aras de explotar más, el diseño de oficinas que había mejorado con Frank Lloyd Wright decayó hasta popularizarse las «granjas de cubículos». Actualmente se confía más en oficinas de diseño amable o al trabajo desde casa, pues el bienestar del oficinista mejora el resultado. Las ciudades hoy aspiran a tener habitantes más felices.


Lo mejor de todo -> las tendencias de diseño de los espacios de trabajo de oficinas han tendido a mejorar en las últimas décadas.

Lo más interesante -> aunque las máquinas de escribir acompañaron el encierro en oficina de muchas personas, también facilitaron la salida de mujeres de su vida doméstica.

Incrementa tus probabilidades -> hay estudios científicos que abordan cómo mejorar un entorno de oficina; las recomendaciones varían según el tipo de actividad que se realice.

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